Veracruz
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La puerta por la que México se hizo a sí mismo

Veracruz

La tarima no es un accesorio de escenario. Es un acto documentado de supervivencia cultural: cuando las autoridades coloniales prohibieron los tambores africanos, el ritmo se trasladó a los pies, y el piso de madera se convirtió en el instrumento que nunca les permitieron ser. El 22 de abril de 1519, Viernes Santo, Hernán Cortés desembarcó en una playa que se convirtió en el único punto de entrada atlántico autorizado para toda la Nueva España. Durante tres siglos, cada barra de plata de Zacatecas, cada sacerdote católico, cada persona esclavizada, cada idea que entró al país pasó por esta misma costa. Ese cuello de botella produjo tres civilizaciones forzadas a un contacto permanente, y ninguna desapareció. Hacia 1570, un hombre llamado Gaspar Yanga, de presunto linaje real bantú, escapó de una plantación azucarera y llevó a un grupo de personas esclavizadas hacia las montañas cerca del Pico de Orizaba. Ahí, en un terreno tan denso que los soldados españoles no lograban alcanzarlos, construyeron una comunidad libre que sobrevivió sin ser descubierta durante treinta años. En 1609 la Corona envió un ejército para acabar con ella. El ejército fracasó. Lo que siguió no tenía casi precedente en la América colonial: la Corona negoció. San Lorenzo de los Negros se convirtió en uno de los primeros asentamientos libres reconocidos legalmente en el hemisferio, y el pueblo lleva el nombre de Yanga hasta hoy. Esa misma resistencia moldeó el sonido por el que se conoce a Veracruz. Cuando las autoridades coloniales prohibieron los tambores africanos, el ritmo se trasladó a los pies. Las comunidades construyeron una plataforma hueca de madera, la tarima, y cada polirritmo que antes se tocaba con las manos pasó al piso.

Veracruz — costume detail

Mezclado con el verso español y la sensibilidad rítmica de los pueblos huasteco y totonaco, esa adaptación se convirtió en el son jarocho, música donde el propio escenario es el tambor. En 1958, un joven mexicoamericano de 17 años de Pacoima, California, que apenas hablaba español, memorizó fonéticamente una canción que se cantaba en los fandangos veracruzanos desde al menos 1790. Richie Valens sustituyó los instrumentos tradicionales por guitarra eléctrica, aceleró el tempo, y le entregó a la radio estadounidense una canción que llevaba dentro trescientos años de supervivencia sin que el país lo supiera. En 2018, la Biblioteca del Congreso incluyó su grabación de \"La Bamba\" en el Registro Nacional de Grabaciones. Décadas antes, refugiados cubanos que huían de la Guerra de los Diez Años trajeron el danzón a Veracruz en las décadas de 1870 y 1880. Cuba con el tiempo se movió hacia otra cosa. Veracruz siguió bailando. Hoy el danzón sobrevive con más vigor en la plaza principal del puerto de Veracruz que en el país donde nació. El traje de jarocha que se ve en escena carga todo esto. Sus holanes en cascada no son ornamento, amplifican cada golpe del zapateado en algo visible, y el deshilado de la camisa viene del trabajo textil de las mujeres de Tlacotalpan, pueblo Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Lo que Grandeza Mexicana lleva a tu escenario desde Veracruz no es un estilo regional. Es el sonido de una puerta que nunca se cerró y de un pueblo que convirtió todo lo que pasó por ella en algo que no pudo ser borrado.

Veracruz tiene dos designaciones UNESCO: El Tajín, ciudad prehispánica de la Pirámide de los Nichos (1992), y la Zona de Monumentos Históricos de Tlacotalpan (1998), el pueblo fluvial cuya tradición de bordado sigue definiendo el vestuario que se ve en escena.

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