
El golpe del bombo y el brillo del platillo de la tambora son la contribución específica de Mazatlán al vocabulario musical del mundo: un instrumento enteramente nuevo construido a partir de metales europeos despojados de toda cuerda y acordeón. La historia de esta tierra empieza miles de años antes y llega mucho más profundo. A lo largo de 622 a 644 kilómetros de costa Pacífica sobre el Golfo de California, ríos que bajan de la Sierra Madre alimentan un estado que produce el 22% de la cosecha nacional de tomate y el 70% del maíz de otoño-invierno del país, una potencia agrícola construida sobre agua y tiempo, no sobre los titulares de una sola década. Ese mismo mundo fluvial formó a dos pueblos cahítas emparentados cuyas historias se separan de manera radical. Los yoreme, cuyo nombre significa \"la gente que respeta la tradición\", absorbieron el marco católico que trajeron los jesuitas en la década de 1620 sin ceder su propia cosmología, integrándolo en la ceremonia de los Matachines que se sigue bailando hoy. Los yaqui, su pueblo hermano, eligieron un camino distinto: resistencia armada contra la autoridad colonial y después contra el Estado mexicano que, según registros históricos, se extendió durante 396 años, de 1531 a 1927, la resistencia indígena continua más larga documentada en Latinoamérica.

Absorción y resistencia, dos formas de negarse a desaparecer, convergen en el sonido que las sucedió. En la década de 1880, inmigrantes alemanes trajeron instrumentos de viento a Mazatlán; los músicos sinaloenses despojaron el conjunto de cuerdas y acordeón, lo impulsaron con la tambora, un tambor de doble parche coronado por un platillo, y construyeron algo que nadie había escuchado antes. Ese instrumento hoy impulsa al Regional Mexicano, reportado como uno de los géneros musicales de mayor crecimiento en plataformas de streaming a nivel mundial. Lo que Grandeza Mexicana lleva a un escenario en Puerto Vallarta desde este estado no es la historia que lo precede. Son cinco siglos de un pueblo que tomó cada fuerza enviada a borrarlo, y convirtió cada una en algo que no pudo extinguirse.
Sinaloa ha pasado cinco siglos absorbiendo cada fuerza enviada en su contra, misiones, bandas de metales, revoluciones, y convirtiendo cada una en algo propio. Esa capacidad de absorber y transformar, es el patrón que define a la región, y es exactamente lo que una bailarina lleva a tu escenario






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