
Toro Rabón, el son de tarima que se interpreta en escena, viene de Tixtla, el mismo pueblo donde nació Vicente Guerrero. Cuando el talón de la bailarina golpea la plataforma de madera, golpea la misma tierra que formó al hombre que le da nombre al estado. Vicente Guerrero, nacido en Tixtla, hijo de un arriero afromestizo descendiente de africanos esclavizados traídos a la Costa Chica, y de una madre de herencia africana e indígena mezclada, en una sociedad colonial cuya estructura legal completa clasificaba a las personas por su sangre. Apenas tuvo educación formal y se ganaba la vida transportando mercancía por la sierra antes de unirse a la insurgencia de José María Morelos en 1810. Cuando Morelos fue capturado y fusilado en 1815, y cada uno de los demás líderes independentistas había caído, Guerrero siguió peleando solo en la sierra, durante años, sin abastecimiento ni refuerzos. A principios de 1821, el general realista enviado a aplastarlo, Agustín de Iturbide, se reunió con él en el pueblo serrano de Acatempan, y ambos, enemigos hasta ese momento, firmaron juntos el Plan de Iguala el 24 de febrero, aboliendo el sistema de castas y fijando los términos de la independencia. El 27 de septiembre de 1821, el ejército que comandaron juntos entró a la Ciudad de México. Siete años después, Guerrero se convirtió en el segundo presidente de México y, según todos los registros históricos, el primer jefe de Estado de ascendencia africana en todo el hemisferio occidental. El 15 de septiembre de 1829 firmó el decreto que lleva su nombre, aboliendo la esclavitud en todo el país, treinta y cuatro años antes de la Proclamación de Emancipación de Lincoln, una ley firmada por un hombre descendiente de las personas que liberaba. Su presidencia duró ocho meses.

Derrocado en un golpe de Estado, fue atraído a bordo de un barco mercante italiano por un capitán al que pagaron 50,000 pesos para entregarlo a sus enemigos, y el 14 de febrero de 1831 fue fusilado en Cuilapam, Oaxaca. Dieciocho años después, cuando se formó un nuevo estado con territorio de México, Puebla y Michoacán, solo había un nombre posible para llevarlo. Lo que una bailarina interpreta en este escenario desciende directamente de esa tierra. Toro Rabón, el son de tarima que se baila esta noche, viene de Tixtla, el mismo pueblo donde nació Guerrero, la misma tierra respondiendo bajo el mismo ritmo. En la costa de donde él venía, la Costa Chica sigue teniendo la mayor concentración de población afromexicana de cualquier estado del país, 8.6% según el censo de 2020, comunidades que descienden de los mismos ancestros esclavizados que el propio padre de Guerrero y que todavía se reúnen cada Día de Muertos a bailar en las calles. De esa misma costa viene Las Amarillas, llevada en el paliacate que traza amplios arcos en el aire, con versos construidos alrededor de calandrias amarillas volando junto a los cactus, una chilena nacida, de la forma más guerrerense posible, de un encuentro casual en un puerto del Pacífico. El vestuario obedece la misma lógica: la falda femenina en colores tropicales saturados, escarlata sobre verde, turquesa sobre amarillo, el algodón blanco masculino hecho para el trabajo costero, no para el lucimiento. Acapulco carga hoy un titular más duro, y es un capítulo real de una historia mucho más larga, no el que se cuenta en este escenario. Lo que Grandeza Mexicana te lleva desde Guerrero no es una postal. Es testimonio de un hombre que se negó a rendirse, bailado sobre la misma tierra donde nació.
Guerrero es el único estado mexicano que lleva el nombre de un expresidente, hijo de un arriero afromestizo que se negó a rendirse cuando todos los demás líderes independentistas habían caído, que abolió la esclavitud treinta y cuatro años antes que Lincoln, y al que vendieron por 50,000 pesos y fusilaron por ello. La misma tierra que lo formó es la que produce esta danza.




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